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"El escritorio de mi abuelo"

Actualizado: 3 de nov de 2020


Cuando era chica, mis abuelos vivían a la vuelta de casa.

Habían comprado esa casa para estar cerca de nosotros. La fueron construyendo de a poco, yo tendría unos siete años, pero recuerdo que tenía una arquitectura rara, moderna. Había geometrías que no entendía. Por ejemplo la fachada: te paras en la calle, ves el inicio de un camino enmarcado por dos canteros en forma de ele. Un ficus enterrado en cada uno.Después, la dirección te lleva a dos ventanas encastradas simétricamente, sobre una pared de ladrillos verticales un poco más grandes de lo común. Entre esas dos aberturas, hay una reja negra que da paso a un pequeño palier, un jarrón antiguo y una puerta de madera blindada. Todavía recuerdo el sonido de aquella cerrándose, tenía una alfombrilla pegada en la parte inferior que rozaba el piso y daba una sensación de arrastre suave, aunque aquel ruido no ignoraba el peso de la gran pentágono.

La casa era realmente grande, la recuerdo muy limpia, aunque por momentos oscura.

Cuando entrabas, un living espacioso te recibía con una mesa redonda barnizada, un piano de pie y un cristalero. Una luz tenue que atravesaba la persiana cerrada a medias. Ese lugar estuvo siempre deshabitado.


Al seguir caminando te chocabas con una puerta plegada que dividía el living, del sector íntimo de la casa. 

Ahora que llego a la división, recuerdo la luminosidad que entraba por un ventaluz del baño de mi abuelo y todas las paredes cubiertas de cerámicas color verde petróleo. Azul verdáceo. Verde era el halo de media tarde que pintaba el aire interno.

Huelo la temperatura de baño con vapor, es un microclima que mi piel recuerda.

Es el verde apareciendo, me despide en todas sus tonalidades.

Es una congoja que da gusto. El gusto de verlo existir en mí y en las cosas.


No mencioné que así como mi abuelo tenía su propio baño, también tenía su propia habitación. Esta modalidad fue naturalizada en la familia. Mis abuelos duermen no solo en camas separadas sino en habitaciones distintas. 

En la casa de ellos yo encontraba todo lo que necesitaba. 

A Diferencia de mi  casa, que era ruidosa por los que éramos, y  también por alguna pelea entre mis hermanos. Cómo discutían, que cosa. Ellos, siendo yaadolescentes, se agarraban fuerte a los gritos y empujones. Realmente sentía miedo.

En la casa de mis abuelos me sentía en paz. En el silencio percibía armonía y ellos se daban cuenta.

Mi abuelo, siempre apaciguado, ido, como en otro planeta, no por otra cosa que por inteligencia. Es el intelectual de la familia.

Deambula en este fragmento de vida que sabe que está viviendo y lo hace con alegría. Digo esto porque recuerdo los chistes que todavía hace. 

Para llegar al escritorio de mi abuelo era paso obligatorio atravesar la cocina.

No se entiende como tenías que dar una vuelta en “U” interna, estando el estudio a la misma altura que la entrada principal.

¿Por qué el acceso al lugar suponía atravesar otro espacio? 

Un cuarto no tan chico con un mueble lleno de carpetas, un sillón a un costado, la guitarra enfundada y una biblioteca con libros que él mismo escribió. Todo el estudio era marrón, con un gran escritorio con lupas, papeles y portalápices. Siempre que entraba percibía la sensación de respeto hacia el lugar y sobre todo hacia mi abuelo.

Nunca entendí lo que me decía hasta mis 15 años.

Siempre dándonos consejos en base a citas. Citas que uego comprendí, eran de los grandes.

MIVI

M emoria

I nteligencia

V oluntad

I maginación

– "No olvides de usarlas"– , me decía, son las herramientas que te llevaran al éxito. 

MIVI, mi vida.

Me acuerdo cuando me pedía que le hiciera la pedicura. Sin saber un pomo yo agarraba el alicate, una toalla y una batea. Le cortaba la cutícula y las uñas, se las limaba y le hacía unos masajes con tanto amor, que leía en su cara todas las expresiones de placer.

De vez en cuando se le escapaba una onomatopeya de disfrute, de agradecimiento.

Yo era feliz sintiendo que, lo que hacía sin saber, lo hacía bien. Y a él le encantaba.

A veces le pedía la guitarra para jugar un rato. Para mí, siendo tan chica, el escritorio de mi abuelo era todo un mundo. Ese pequeño cuadrado fue mucho más que un espacio de trabajo. Representó todo aquello que hoy quiero, sea mi mundo. Y lo entendí mucho tiempo después, cuando comencé a escribir.

Cada palabra requiere un diseño, una ubicación, una razón.

Hay oraciones que se sienten cómodas  existiendo y otras que no. 

Las que tienen que ver con el corazón, suponen recorridos, caminos intrincados para permitir la claridad. 

A veces los sentidos son  tan complejos como la selección de los materiales. Y hay ubicaciones que justifican su postura en el propio laberinto que las constituyen.

Con la aparición de la última pieza, que estaba en mi memoria, completé un comienzo. El inicio de una partitura infinita que por momentos se detiene y brota del ruedo mi propia conciencia del presente.

Hoy sólo no sé cosas, y hasta que habite en mí la duda, seguiré escribiendo.

Por Carol Feola

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